Quienes trabajamos en gobernanza —especialmente en empresas familiares— conocemos bien una tensión organizativa que aparece con frecuencia cuando los proyectos crecen: el dilema del fundador.
Las organizaciones que nacen alrededor de un liderazgo fuerte suelen construirse gracias a un pequeño grupo de creyentes que comparten misión, sacrificios y riesgos. Es la etapa del entusiasmo fundacional. En ese momento, el proyecto se sostiene tanto por la visión del líder como por la legitimidad colectiva de quienes lo acompañaron desde el inicio.
Pero cuando la organización crece, la lógica cambia. Aparecen responsabilidades institucionales, estructuras más complejas y la necesidad de disciplina organizativa. El liderazgo empieza entonces a rodearse de perfiles más orientados al control del aparato que al impulso fundacional.
Es en ese momento cuando surge una tensión clásica: la relación entre el fundador y quienes ayudaron a fundar el proyecto.
El conflicto reciente en Vox con dirigentes históricos como Javier Ortega Smith puede observarse también desde esta perspectiva de gobernanza. El liderazgo de Santiago Abascal ha sido decisivo para que el partido pasara de ser un pequeño movimiento político a convertirse en un actor relevante en la política española. Pero precisamente por ese crecimiento, la organización parece estar entrando en una etapa distinta: la transición de movimiento a institución.
En ese contexto, el liderazgo de Abascal parece haber optado por una estrategia clara de consolidación organizativa y control del aparato, una línea en la que dirigentes como Jorge Buxadé han tenido un papel relevante.

Desde el punto de vista de la gobernanza, esta decisión no es extraña. Cuando una organización crece rápido, reforzar la disciplina interna suele aportar estabilidad. Sin embargo, también introduce una paradoja interesante: Vox nació precisamente prometiendo romper con ciertas dinámicas del sistema de partidos tradicional muy criticadas por su electorado. Cuando un movimiento se institucionaliza, el riesgo es que parte de su base perciba que el proyecto empieza a parecerse demasiado a aquello que pretendía cambiar.
La historia reciente de la política española muestra que la gestión de estas transiciones organizativas es delicada. El paso de movimiento a institución exige liderazgo, pero también equilibrio, porque los proyectos excesivamente personalistas suelen enfrentar mayores dificultades para consolidarse en el largo plazo.
En gobernanza —ya sea en empresas familiares, startups o partidos políticos— el verdadero desafío no es solo construir organizaciones fuertes.
Es conseguir que sigan siendo coherentes con la razón por la que nacieron.
Pablo Álamo
CETYS University – Presidente de NLG
